Interpretaciones teológicas que generan complejas limitaciones y arbitrariedades hacia la mujer

7205210-nia-o-rezando-en-la-iglesiaInterpretaciones teológicas que generan complejas limitaciones y arbitrariedades hacia la mujer

Dr. Marco A. Huerta

Discutir sobre el ministerio de la mujer, no sólo es un aporte al campo reflexivo, sino también un verdadero desafío a nuestro quehacer eclesial. Sin embargo, debemos reconocer que esta discusión no es nueva y que en algunos rincones del seno de nuestras comunidades, estamos muy lejos de superar las limitaciones que conllevan.

Para mostrar algunas ideas coercitivas que han surgido en torno al tema, permítame reflexionar sobre tres imposiciones teológicas bastante “eisegéticas”, que en algunos sectores conscientes o no, son sostenidos de manera insensible e irresponsable.

En algunos contextos las limitaciones son tan radicales que han hecho surgir incluso, rostros opresivos y violentos. Dichas condicionantes están lejos de cubrir la expectativa paulina de ser uno en Cristo (Gálatas 3:28). Muchas de estas son verdaderas presuposiciones legalistas, carente de todo sustento bíblico. Arbitrarias interpretaciones, que han generado distintas arengas teológicas equivocadas sobre la mujer y su participación activa en la comunidad de fe.

Mantener la mujer, aún teniendo grandes capacidades espirituales y productoras, en injustificables responsabilidades menores, propicia la falta de confianza a su gran capacidad de perfeccionar y edificar. La mujer es coparticipe de la gracia. No sólo ha sido llamada a disfrutar sino también aportar cualitativamente en el quehacer misional de la Iglesia.

Permítame explayar tres equivocadas conclusiones teológicas que algunos sectores propician:

1. Demonizadora antropología de la mujer; la mirada errónea de su cuerpo como instrumento de seducción, caída y pecado

¿Por qué deberíamos ver el cuerpo de la mujer, como instrumento de pecado? ¿Cómo puede ser instrumento de pecado, aquello que ha sido declarado templo santo del Espíritu e instrumento de justicia? ¿Podríamos redimir el cuerpo de la mujer, con el fin de asumir imágenes mas dignas y liberadoras? ¿Podríamos ver a la mujer desde una definitoria redención propia de la gracia y desde la dignidad liberadora del Evangelio de Dios? ¿Podríamos crear en la comunidad de fe un ambiente de dignidad, amor y respeto hacia la mujer, de tal manera que se sienta acogida y protegida por justos varones que la miran desde la pureza del Evangelio de Dios?

En algunos círculos evangélicos la mujer ha sido víctima de insinuaciones peyorativas. Se construyen pensamientos en torno al vestir y el cuerpo bastante demonizadoras. Muchas de nuestras hermanas a señalado lo incomodo que se han sentido ante las miradas de aquellos que deberían tratarlas desde la belleza de la gracia y la santidad. Sin duda, que la prudencia en el vestir y en el actuar deben reflejar un entendimiento puro de la feminidad, belleza, elegancia y el decoro, con el fin de no mostrar alguna equivocada insinuación. Sin embargo, la principal causa del porque la mujer y el varón deben ser prudentes en el vestir, es para honrar a Cristo; siendo su gozo y dignos depósitos de su pureza y piedad.

Algunas conclusiones teológicas han fomentado una innecesaria criminalización del cuerpo de la mujer, señalando que es instrumento de seducción, caída y pecado, por ende, de vivir en una constante limitación y cuidado para no hacer caer a los santos. ¿Pero es esta la conclusión o mirada antropológica que debemos tener de ellas? La mujer es digna de ser mirada de manera distinta, ya que ha sido llamada a vivir su significancia absoluta desde Evangelio que la ha redimido. Ha sido llamada a vivir en plena horizontalidad con la verdad del Evangelio. En el Evangelio redime su feminidad caída, viviendo en plenitud la maravillosa aventura de la santidad y el servicio a Cristo.

Debemos encontrarnos con la dignidad liberadora del Evangelio, que no sólo provee la bendición de la salvación futura, sino una nueva definición de la vida. El Evangelio trae una nueva definición del sujeto como varón y mujer. Desde el Evangelio entendemos que el cuerpo de la mujer es precioso, como precioso es el del varón, porque son templo santo del Espíritu de Dios (I Corintios 6:19-20). Desde ese esplendor deberíamos construir una atmosfera de dignidad, humildad, protección y amor. Debemos mirarnos con respeto y dignidad, desde la nobleza del Evangelio y desde el entendimiento de que somos uno en Cristo (Gálatas 3:28). El Espíritu Santo desea formar un pueblo limpio de mente, donde el verdadero amor divino, va produciendo una perfecta unidad dignificadora y liberadora.

El mundo está saturado de imágenes que estimulan la lujuria y todo tipo de desordenes. Para este sistema tóxico, nuestros cuerpos son un producto del libre mercado. Imágenes femeninas y masculinas son exhibidas y explotadas. Como templos santos del Espíritu, nos resistimos a la falacia de este siglo. No nos conformamos a su filosofía torcida del cuerpo.

Como cristianos debemos rechazar la idea de que nuestros cuerpos siguen siendo instrumentos del pecado. La Biblia enseña que nuestros cuerpos son importantes para Dios, como nuestra alma y nuestro espíritu. Tan importante es nuestro cuerpo que fue declarado “templo santo”. La referencia a “templo” no sólo se refiere a su sentido sagrado, sino también, a su sentido de pertenencia. El cuerpo es templo, porque es de propiedad absoluta de Dios. Ha dejado de ser nuestro, ya que es propiedad divina. No debemos ver nuestros cuerpo desde otra perspectiva equivocada o caída. Debemos vernos desde la dignidad del Evangelio, porque somos templo donde nos habita la plenitud del Espíritu.

Pablo también enfatiza que “nuestros cuerpos son miembros de Cristo mismo” (I Corintios 12:27). Nuestro cuerpo no es nuestro, sino de Cristo. Ha sido comprado por El. Como un esclavo, cuando era comprado, el amo podía darle el uso que deseaba a su cuerpo y su alma, de igual manera, el nos ha comprado y todo absolutamente todo le pertenece. Para caminar en esta nobleza, sin duda que debemos propiciar una verdadera teología del cuerpo. Todos debemos ser expuestos al poder transformador del Evangelio. Debemos caminar en la novedad de vida que produce la gracia. Debemos ser enseñados en la excelencia de la santidad y del respeto mutuo.

 2. Violencia intrafamiliar: equivocada validación a la violencia como expresión del sacrificio de la fe y del testimonio

¿Hasta donde podríamos apoyar y sostener la inquebrantable sumisión de una mujer al marido, sabiendo que las circunstancias en las que vive, es de constante despersonalización e incluso de extrema violencia? ¿Es la voluntad de Dios que una mujer viva en constante maltrato verbal y físico, para mostrar así un buen testimonio? ¿Qué tipo de pastoral usamos cuando lidiamos con casos de violencia intrafamiliar? ¿Podríamos seguir diciéndole a una mujer que sufre maltrato extremo que acepte dicha realidad, ya que es la cruz que le ha tocado tomar?

El Evangelio por ningún motivo o circunstancia acepta la violencia hacia el prójimo. Cristo en su muerte nos abrió un camino de dignidad y de absoluta libertad. Sin embargo, algunos desde interpretaciones bastante equivocadas, han sostenido la violencia física y psicológica hacia la mujer, como una válida expresión del sacrificio de la fe.

Si bien es cierto, no negamos que el sacrificio y el sufrimiento, en algunos casos es un valor válido en la devoción y vida cristiana. Sin embargo, el Evangelio también habla de dignidad como una respuesta a la deshumanización y despersonalización que produce la acciones insanas y pecadoras. El Evangelio construye esperanza y no resignaciones ante la injustificada violencia. Aceptar la cruz, no es aceptar la violencia deshumanizadora.

En el mundo la violencia hacia la mujer ha sido declarado como violación a los derechos humanos. Sin embargo, sigue siendo justificada por leyes discriminatorias y desiguales, mantenida por las costumbres heredadas y toleradas por confusas conclusiones religiosas.

Cuantos casos de mujeres hay que ante un consejo pastoral, continuaron tolerando la violencia en el hogar hasta que se produjo una tragedia mayor e irreparable. La violencia es tan compleja, ya que va desde miradas cargadas de odio, hasta la misma muerte. La iglesia debe tener una actitud mas consecuente con el tema de la violencia. Definitivamente no debe aceptarla ni mucho menos tolerarla. Debemos condenar todo tipo de violencia. La violencia es un pecado y no debe ser visto como una realidad aceptable, ni mucho menos como el inevitable transitar del testimonio de la fe.

Callarnos nos pone en el rincón complaciente y tolerante. Estamos llamados a ministrar las necesidades que produce la violencia. Somos una comunidad salvadora y dignificadora. No podemos dejar sola a las víctimas, diciéndoles que sobrelleven la situación, ya que de esa forma dan testimonio de su espiritualidad. Debemos generar claras acciones de misericordia. Debemos instruirnos en los procesos espirituales, que las Escrituras Sagradas proveen para el trato idóneo hacia la víctima y el victimario, pero también, debemos entender los procesos legales que han sido establecidos por la ley para el manejo debido de este tipo de contingencia.

La iglesia vive la vida abundante en Cristo y a la vez es anunciadora de dicha novedad. La comunidad de fe anuncia el Evangelio de Dios, no sólo como una noticia novedosa sobre la eternidad, sino también, como un verdadero proyecto transformador para el aquí y el ahora del hombre. No sólo es un mensaje escatológico; también es ontológico. Trae las dulces consecuencia del perdón que me conectan con un buen mañana, pero también con un buen presente. Los que creemos en el Evangelio, somos apóstoles de un mensaje digno de ser escuchado, especialmente por los que han sufrido una inhumana violencia. Este mensaje es digno, porque trae salvación, restauración, dignidad, justicia, vida, protección, solidaridad, sanidad, reivindicación, acompañamiento y liberación.

3. Limitaciones y desigualdades por una equivocada definición masculina de Dios

¿Dios es masculino? ¿Podríamos reconocer que en cierta medida, nuestras diferencias marcadas entre lo femenino y masculino, se debe a que inconscientemente concebimos imágenes mas masculinas de Dios? ¿ No será, que las marcadas imágenes masculinas que tenemos de Dios, nos hace mas difícil ver a Dios desde vistazos y virtudes propiamente femeninas? ¿Podríamos concebir a Dios, manifestándose perfectamente en las cualidades propia de la mujer? ¿Sólo lo masculino es depósito completo de gracia, equipamiento, capacidades y responsabilidades? 

Insistir para con Dios en una definición de genero, nos traería graves conclusiones teológicas y un equívoco reduccionismo del ser de Dios. Dios no es varón ni mujer. Si bien es cierto, se presenta escrituralmente en términos mayormente varonil, aunque también existen las presentaciones femeninas, sin embargo, estas presentaciones en nada debe verse como una definitoria definición de su naturaleza. Las presentaciones de genero en cuanto a Dios, es un recurso hermenéutico llamado “antropomorfismo”. Este recurso es para facilitar la comprensión del ser de Dios en su proceso relacional. La presentación hermenéutica de genero, son para presentar a un Dios accesible, paternal y maternal, comprensible, relacional y cercano. Pero la finalidad de estas presentaciones, no son las de proveer alguna forma a su naturaleza, sino una comprensión inteligible de su revelación hacia los hombres.

Dios no porque se muestre escrituralmente como Padre, Varón o Hermano, debemos concluir que es masculino. Dios es Espíritu eterno, superior a toda definición de genero. El no está sujeto a tiempo, espacio, ni mucho menos a genero. La verdad es que Dios creo lo masculino y femenino para el desarrollo natural de los seres. El no es varón ni mujer, por consiguiente no es masculino ni femenino, pero si es la fuente vital de dichas realidades.

Nuestras inconscientes imágenes masculinas de Dios, nos han traído algunas limitaciones y desigualdades. Definitivamente crear limitaciones entre lo masculino y femenino, a partir de una marcada idea masculina de Dios, es asumir que la mujer es una expresión limitada de la creatividad de Dios. Esta idea de genero, podría promover la teoría de la desigualdad, que se aleja profundamente del sentido primigenio de las Escrituras.

Dios no es masculino ni femenino, pero si es la fuente creadora de aquello. Las Escrituras señalan que el hombre fue creado por Dios (Génesis 1:26), como ser varón y mujer (1:27). El hombre como expresión masculina y femenina, es una presentación fiel y completa del misterio de lo divino. Lo masculino y femenino revelan a Dios. No es una revelación segmentada, sino íntegra. No existen medidas desiguales; decir que el varón tiene imágenes mas cercanas a Dios, como expresión de revelación del misterio de Dios, es un error interpretativo. La mujer como ser femenino, también es un perfecto y completo depósito, de la revelación del imago Dei.

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Marco A. Huerta. Hay autorización para usar este documento o citar partes de interés en cualquier formato. Se pide mencionar siempre al autor y la fuente. No alterar el contenido. Cualquier otro uso consulte a marcohuertav@gmail.com

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