SER MADRE; una virtud inequívoca

Marco A. Huerta

Ser Madre es un rasgo inequívoco de la mujer. Una virtud, que interpreta lo que por naturaleza es la mujer al concebir. Una propiedad nunca accidental ni mucho menos atribuida o impuesta por la sociedad. No es una construcción social, como algunos y algunas con entusiasmo ingenuo o consciente reduccionismo, insisten etiquetar. La verdad, es que ser madre tiene que ver con la esencia que está más allá de los rótulos sociales. Es una dádiva, que la sociedad es incapaz de concebir, porque no puede producir un don. La sociedad reconstruye modos, formas y estilos, con el fin de etiquetarlos, marcarlos y calificarlos o descalificarlos. Pero lo maternal que no es un estilo o un modo más de la cultura, está lejos de su sello y en algunas de sus ideologías, lejos de su frívolo desprecio. 

No dudo, que hay matices de devoción maternal vinculados con la cultural y ciertos sacrificios, que en algunos contextos, son muy desiguales e incluso opresivos. Pero en estas lineas, no abordo lo maternal como la suma de responsabilidades culturales, temas que ya estoy desarrollando en otro escrito con honestidad crítica. Más bien, el presente pensamiento es para señalar que ser madre es una gracia que tiene que ver con la vida concebida, nutrida y cuidada. Tiene que ver con el amor en el modo más puro del servicio abnegado. Tiene que ver con la decisión de existir también para otros.

La gracia de ser madre es inherente en la mujer, como inherente en el varón el ser padre. Pueden renunciar a sus roles o incluso “interrumpir” la vida en ella anidada. Pueden los dos negar su vocación y renunciar a sus responsabilidades. Pero seguirán siendo progenitores que renunciaron libremente a la devoción de la maternidad y la paternidad.

Muchas veces me he sentido en las orillas del paisaje cuando veo a Erika disfrutar de vivencias que sólo la maternidad le permite experimentar, especialmente esa dimensión puramente femenina entre mamá e hija. Pero sentirme en la orilla no es sentirme fuera del entorno, más bien, desde esa orilla descubro el mejor de los panoramas, que me permiten disfrutar el bello paisaje de lo maternal.  

Lo maternal no sólo tiene que ver con el hijo(a), también tiene que ver con el padre, porque lo maternal le enseña a lo paternal la alegría de amar y servir. Lo paternal siempre es el estudiante en esta ecuación llamada familia. Lo paternal se enriquece, aprende la dicha de la abnegación, disfruta la alegría de cuidar la vida concebida. Creo que ser madre es concebir a un hijo, como también, desde el corazón concebir a un padre.

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