Los niños y la fe

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Los niños y la fe

Dr. Marco A. Huerta

Para un considerable porcentaje de especialistas de la niñez, existe mucha data para reconocer los beneficios de la espiritualidad en los niños. Algunos señalan, que el exponerlos a creencias y experiencias de fe, podría resultar en ellos, una mayor disposición a vivir cada desafío de la vida con confianza. Escuché a una psicóloga infantil hace unos años, que sostenía con solidez la idea, de que el conocimiento y la experiencia espiritual, podía producir en los niños notorios estados de felicidad, especialmente si los contenidos de dichos saberes tenían que ver con la justicia, amor y la creencia en un Dios personal.

Estos alcances y conclusiones, convincentemente las comparto. Soy padre de dos bellos hijos (Elías y Judith) y en lo concerniente al tema, he percibido la soltura dócil y la notoria disposición de ellos a oír, atender y estimar el consejo, especialmente cuando han sido expuestos a un mayor estímulo, enseñanza y modelos de vida de fe, fácilmente apreciables. No cabe duda, que hay que valorar la vivencia de la fe, no sólo como proceso cognitivo de saber algo sobre Dios y su Palabra, sino también, como la posibilidad de experimentar lo aprendido, acentuando la alegría de saber que tenemos un Dios que nos ama en compleción y plenitud, y que sólo en esa saciedad, podemos sentirnos permanentemente hallados, amados y unidos a él.

La fe siempre propone un proyecto existencial y son los niños los que captan con facilidad la idea. Ellos perciben la experiencia de la fe como un todo en su ser. Vivencia no circunscrita sólo al ámbito del alma, sino a la totalidad de la vida. Desde la conciencia a lo corpóreo, desde las emociones a lo racional, en todo esto, la fe en los niños está delicadamente cautiva. La fe es una realidad anidada en todas las esferas,  modalidades del saber y conducta de nuestros hijos, por lo tanto, ellos no fragmentan la fe ni la limitan sólo al hecho religioso. La fe está en todo lo que ellos son y hacen. Tampoco tienen tiempo para cuestionarla, es más, no piensan ni es sus posibles crisis o contradicciones. Mucho menos, la eventualizan o la perciben como peripecia aislada, más bien, la hacen cotidiana, habitual, intensa e indisoluble.

Los niños tienen disposición a creer; ellos siempre son crédulos. La fe en ellos es como una verdadera pedagogía de la vida cotidiana. Una pedagogía siempre sencilla que les permite confiar sin algún ápice de conjetura o divagación. Ellos simplemente creen y es raro que hallen alguna razón para no hacerlo. Les hace bien creer y mayormente les hace bien, cuando somos nosotros los padres, los que tomamos un protagonismo idóneo a la hora de enseñarles o modelarles el acto deleitoso de confiar y reposar en Dios.

El acto de creer en los niños, da sentido y significancia a sus vivencias, incluso aquellas que para un adulto no tendrían ni la más mínima importancia. La fe es para ellos una forma de imaginar y ver como hecho el mundo que anhelan. En ese momento imaginado, es donde a menudo surge el axioma más elevado del amor, la amistad, el perdón e incluso Dios. Será por eso, que los niños les dura un suspiro cuando se enojan con otros, ya que al final, terminarán siempre como entrañables amigos.

En los niños, la fe produce un propósito inmediato. Un goce nunca para mañana, más bien, siempre presente y continuo. El sentido de la fe siempre presente les conforta, les da sosiego, estimula la esperanza y provee mayor conciencia de valores legítimos. Los niños que tienen fe, tienden a lo bueno con mayor facilidad, ya que la fe, hace sólido el corpus de la devoción y del servicio. Devoción que es estimulada por la libre contemplación humilde hacia Dios, que es reconocido como un ser familiar. Pero también, se estimula la devoción horizontal donde los niños reconocen a otros niños como sujetos reales, con los cuales desea conectarse, como si los conociera de toda la vida. Es en esta experiencia de constante y estimulante transversalidad, donde se logran concebir de manera tan natural y libre los valores de igualdad, inclusividad y dignidad. Hay benevolencia en esas humanas interacciones. El niño se acerca a otro sin malicia alguna, ya que se acerca para ser amigo, compartir y jugar. En algunos casos, sentirá compasión y empatía, como respuesta a la necesidad que logra ver en el otro niño, especialmente en aquel que sufre.

Como padres, debemos ayudar a nuestros hijos a experimentar la fe. Pero no una experiencia que sólo se avista al hábito de ir al templo, de vez en cuando el domingo. Sin duda, que ir al templo es parte de la necesidad de formar un sentido de comunidad, sin embargo, por más que vayan al templo, esto no tendrá relevancia alguna, si no se evidencia primero lo esencial; experimentar un auténtico encuentro con Dios y su Palabra.

Nuestros hijos necesitan de nuestra guía y enseñanza en todo lo referente a la vida y la fe. Pero esto no se trata sólo de crear un sistema intelectual de creencias. En realidad, el abordaje es más intencional. Básicamente, es modelar valores humanos ricos en amabilidad, altruismo y voluntariado. Ignoro, que tan eficaz sería instruir a mi hijo en una virtud que yo mismo no la vivo. Definitivamente no puedo enseñar aquello que soy incapaz de mostrarlo con mi vida y proceder. La Palabra sin el respaldo de la vivencia, es al final sólo verborrea. Los niños nos necesitan consecuentes, donde cada valor que deseamos enseñar, la ha antecedido una acción genuina.

La fe debidamente pasada por el tamiz de las vivencias de los niños, puede transformarse en una fuente de renovación espiritual, tan dinámico y duradero. Esta fe se verá anidada en los entretejidos de la totalidad de la vida de ellos. Sobre esto, bien lo dijo el proverbista “y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

Exponiendo en un diálogo sobre la importancia de la participación de los niños en nuestros espacios solemnes e imaginarios eclesiásticos; una persona me replicó diciendo ¿Por qué tendrían que participar los niños en todo esto? Lo que atine a decirle, es que los niños son participes de la gracia y en especial, en todo aquello donde el evangelio mismo se ve interpretado. Es más, la gracia puede verse perfectamente interpretada en los niños. Cristo mismo se ve reflejado en ellos. Por ende, es bueno para su desarrollo integral, que se sientan libres y protagónicos en las dinámicas, intercambios y vivencias de la comunidad de fe; “…porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 19:14).

En los niños también opera el Espíritu de Dios, estimulando el sentido de comunidad de fe. Es en esta identificación comunitaria donde los procesos de aprendizaje, vivencia, interpretación e intercambio en la experiencia de fe, se van saludablemente desarrollando. Los niños son herederos del reino y miembros plenos de la familia de la fe. Por lo tanto, se hace muy prioritario imaginar espacios para que ellos crezcan en su espiritualidad. Pero cuidemos, de ver esta experiencia sólo como un apéndice aislado o periférico de la vivencia total de la comunidad. En otras palabras; Las experiencias espirituales de los niños no deben estar separadas de las experiencias espirituales de los adultos.

Los niños necesitan estar en el centro de la vivencia espiritual de la comunidad de fe. Sólo en el centro, su fe trasciende y recobra sentido y vínculo familiar.  En el centro, su vivencia no se ve reducida, aislada ni mucho menos temporalizada. El niño debe ser parte de la biografía e historia misma de la comunidad. Su vivencia espiritual no es una momentánea actividad sino un perenne proyecto. Cuando el niño siente que es parte de la comunidad, fácilmente crea vínculos significativos.

La fe también proporciona en el niño la dinámica de la vida, donde recobra solidez el momento presente para disfrutar la amistad. Esto es así, ya que la fe lejos lo enajena de su entorno, al contrario, es donde más sensibles están para demostrar amistad, aprecio y solidaridad. ¿Qué miran los niños cuando ven a otros niños? ¿Miran un niño musulmán, un rico, un pobre o un inmigrante? ¡no! los niños sólo miran niños con quien jugar y ser amigos. Sin duda, que la falta de prejuicio en la mirada de ellos, los convierte en perfectos recursos del amor y la misericordia de Cristo.

Pareciera que la fe haría más ingenuos a los niños, pero me parece que es totalmente lo contrario; los hace más fuertes y libres para vislumbrar mundos más justos, divertidos y amistosos. Los valores que los niños perciben de la fe estimulada, enseñada y modelada por los padres, les ayuda a discernir entre la virtud ataviada del acto siempre vergonzoso. No sólo perciben la diferencia, también con el determinismo de un corazón iluminado y redimido, aprenden a cuestionar e incluso a reprobar lo malo.

Los niños se enriquecen en la experiencia de fe. En este dinamismo enriquecedor, van entendiendo que la fe propone una verdad que no sólo poseen, sino que ella misma los posee. Esta verdad en ellos se sabe, pero también se vive y no hay mayor alegría que vivir el saber aprendido. Este saber viene de los padres como aprendizaje nunca impositivo. Al contrario, es una aventura pedagógica llena de amor significativo, donde la banalidad, la inconsecuencia y el sin sentido no tienen nunca un lugar.

Por último, la fe en los niños se vive como totalidad del amor divino. Dios es próximo y amigo, nunca “el otro o el del más allá”, sino “el de acá o el de mi lado”. La fe nunca enajena a Dios, más bien, lo hace cercano e inherente. Tampoco enajena el sentido de pertenencia, ya que en el acto de fe, los niños nunca se sienten destituidos. Más bien, los niños son en libertad, sin la mínima presión de no ser ellos mismos. Los niños no nacieron para no creer, ya que el creer, es parte incluso de ser niño. Los niños nacieron para confiar en Dios y para creer en otros. Nacieron para ser felices; nacieron para Dios.

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Marco A. Huerta. Hay autorización para usar este documento o citar partes de interés en cualquier formato. Se pide mencionar siempre al autor y la fuente. No alterar el contenido. Cualquier otro uso consulte a marcohuertav@gmail.com

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