M27140939_10212905929575743_734871243_o 2i bello caminante – Por: Rosita Valdés

Naciste en un hogar muy pobre, siendo el mayor de 5 hermanas. No fue fácil tu infancia, ya que, a temprana edad, a los 9 años, murió tu amado padre. Tuviste que hacerte cargo de tu madre y tus 5 hermanas. A los 9 años saliste a la calle, fuiste el niño caminante que buscaba el sustento del hogar. Lustrando zapato, vendiendo dulce, incluso cantando para ver que monedas podrías sacar, para comprar leche y pan. Toda la ciudad la caminaste, buscando esperanzas.

En tu adolescencia, a los 16 años, te detectaron una grave enfermedad incurable, pero Dios salió a tu encuentro como sanador. A partir de dicha experiencia, tu historia cambio. Tu mi bello caminante, abrazaste la fe con tanta pasión que a los 18 años decidiste estudiar en el Seminario, para dedicar tu vida a Dios. Fue en el seminario que nos conocimos y nos enamoramos. Ambos teníamos un gran llamado. Tomando el desafío misionero, nos fuimos a una pequeña ciudad llamada Caldera. Mi bello caminante, tú historia ministerial la hicimos juntos.

Fue muy difícil los primeros años, ya que la carencia económica y la hostilidad de las personas, muchas veces no era fácil de sobrellevar. Sin embargo, por más difícil que era nuestra labor misionera, había algo mucho mayor que levantaba nuestro vigor; el amor por el llamado de Dios.

Nuestro primer hijo, mi hermoso caminante lo perdimos, debido a las condiciones que vivíamos y lo dificultoso que era conseguir asistencia médica para mi condición. Pero el Señor después nos consoló, dándonos 3 hijos varones.

Era difícil el ministerio, pero nunca desistimos de nuestra labor, al contrario, teníamos la pasión para seguir predicando el evangelio. Nos gritaban canutos y muchas groserías, pero aun así, disfrutábamos servir a nuestro Señor.

Nuestros hijos han crecido mi bello caminante y cada uno ha podido encumbrarse hacia el futuro. De tus hijos salieron nuestros nietos, que disfrutaban de tus canciones e historias; ellos amaban tu corazón de niño.

Para muchos fuiste el buen amigo, compadre, el colega, la alegría del grupo, apóstol, mi pastor y para mi huertita desde mi corazón. Verte predicar o enseñar, sea en el campo o en alguna prestigiosa universidad en Estados Unidos; con multitud o en las habituales conversaciones íntimas, tenías la misma pasión y alegría por exponer el evangelio.

Pero tú historia se interrumpió mi bello caminante. El Señor decidió llevarte a su presencia. El príncipe de los pastores; tu príncipe, te llamo ¡Ven mi siervo fiel! No fue fácil dejarte ir mi bello caminante. Fueron 46 años de matrimonio y mi anhelo era llegar a los 50. Mi alma de desgarró, pero sé mi bello caminante, que nuestro fiel Señor lo ira restaurando.

Yo, tú amada Rosita Valdés, siempre me sentí muy orgullosa y tú lo sabias. Eras chistoso, espontaneo, cariñoso, auténtico, sincero y solidario. Muchas virtudes hermosas, que me hacían sentir confiada. Buen predicador, inspirador maestro, sabio consejero, pastor de piel y de amor, amigo; un ser maravilloso fácil de amar. Siempre fuiste fiel a mí, fiel a tus hijos; fiel a Cristo.

Mientras caminaba a tu lado, para darte mi último adiós, en mi corazón pensaba “Nacistes muy pobre mi bello caminante, pero hoy te despido como un ilustre”. Camina hacia el cielo mi bello caminante.

Rosita Valdés (Concepción 14 de Enero 2018, a las 6am)

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Marco A. Huerta. Hay autorización para usar este documento o citar partes de interés en cualquier formato. Se pide mencionar siempre al autor y la fuente. No alterar el contenido. Cualquier otro uso consulte a marcohuertav@gmail.com

 

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