227785023_1f202a33e2La muerte desde la Esperanza

Dr. Marco A. Huerta

Qué dificil es reflexionar sobre esto. Mayormente cuando escribes desde un saber que ha experimentado el último abrazo, el último beso y las últimas palabras que tuvimos que decir: siempre estarás en mi ser”. Uno tiene todo el tiempo para ralentizar ese abrazo y ese beso, pero el ser amado no tiene ese tiempo; él como hoja otoñal simplemente se desprende; simplemente se va.

Quiero en este escrito acercarme con la humildad de un hermano menor, para honrar en estas sencillas letras la vida de aquellos que han partido a la morada eterna, producto de su lucha contra el covid-19. Honrar a sus familias preciosas que no pudieron estar en el momento más solemne de la despedida.

Despedidas sin abrazos y sin besos. Donde los últimos en estar con él o ella, fue un equipo hospitalario comprometido por su vida e integridad. Ellos fueron ese familiar imposibilitado para estar presente. Ellos fueron la última piel que le tocó y la última voz que le dijo: “aquí estamos con usted”.

Nadie imagina abandonar este mundo sin la compañía de los que más ama. Uno nace con la alegría de los que soñaban con nuestra llegada, y uno se despide con el dolor de los que sienten nuestra partida. Tanto en nuestro nacimiento como en el fin de la vida, uno necesita estar con ese amor que nos cubre y nos anida.

¿Qué es lo que puede ayudarnos a sobrellevar este demoledor evento de la partida de un ser amado? ¿Cómo podemos recuperarnos de aquello que no le encontramos ni explicación ni sentido? Díficil responder estas preguntas. Al final sólo nos toca ser humildes para encontrarnos no con la anhelada respuesta, sino con las inconmovibles promesas. No tenemos ni la mínima idea del porque suceden repentinamente estos eventos. Tampoco tenemos respuesta a las profundas preguntas que surgen. Pero, tenemos esas promesas divinas que son el soporte para encaminarnos lentamente hacia el consuelo divino. 

¿Cómo pararnos ante este misterio? ¿Qué mirada iluminada podemos desarrollar de este verdadero epílogo de la vida que todos tendremos que enfrentar? El ser amado ha partido, y somos nosotros los que debemos vivir el proceso demoledor del duelo. Somos nosotros los que experimentamos la perdida y el dolor profundo de la ausencia; y lo único que nos ayudará, no para evitar el dolor, sino para sobrellevar esto, es mantener cada día la esperanza contenida en las promesas de Jesús; esperanza que nos dice que en el gozo de nuestro Señor todos nos volveremos a ver.

“…ya se acerca la hora de mi muerte” (II Timoteo 4:6). Estas palabras de Pablo son conmovedoras. El siempre evidenció una total entrega a la voluntad de Dios. Era tal su devoción, que incluso los escenarios más adversos, los asumió con notable coraje y entusiasmo. Dichas adversidades no las sentía como infortunios, sino como experiencias dignas de ser vividas con sumo gozo.  Su total abandono en las manos de Jesús, lo hacia avanzar con el paso único de los grandes y enfrentar definitoriamente cada etapa exigente, incluso la muerte. El testimonio de este emisario de Cristo nos ayuda para fortalecer esa esperanza que no averguenza ni nos deja huerfanos en la incertidumbre, sino que nos pone en plena horizontalidad con las promesas del Evangelio. Es esta la forma mas iluminada y renacidad de enfrentar la ausencia del ser amado o enfrentar el momento de nuestra propia partida.

Para algunos la muerte es el cese de la vida, el final de la existencia, pero para Pablo es el paso a una existencia completamente distinta y superior. No es una conclusión existencial, sino la transición a una verdadera existencia. Pablo cree en las inmortales palabra de Jesús; “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera” (Juan 11:25, Nueva versión Internacional Castilian, CST). La muerte para Pablo es el paso final para unirse a Cristo. No es sólo una unión mística; es también una unión existencialmente ontológica.

¿Cómo podía ver Pablo la muerte desde una mirada tan ennoblecida? El misionero de Jesús se ha gloriado en la cruz (Gálatas 5:14), ya que en ella ve el propiciatorio, donde la sangre estimada de Cristo es derramada. La muerte y resurrección, son la plataforma donde la Justicia de Dios es revelada. La muerte y resurrección son eventos de gloria. Son parte esencial del contenido del Evangelio. Por lo tanto, si la muerte de Cristo es un evento glorioso, entonces honroso es también para Pablo su propia muerte. El ha puesto su significancia en la muerte expiatoria de Cristo. La experiencia de la muerte, desde los ojos del apóstol, es la interrupción final de toda realidad caída y carnal, para dar paso a un estado de gloria eterna. Dicha gloria, también incluye la promesa de la resurrección; el Espíritu Santo que levantó a Cristo con un cuerpo de gloria, también dará vida gloriosa nuestros cuerpos mortales (Romanos 8:11).

Si bien es cierto, la muerte es un hecho inherente en la vida de los hombres, sin embargo, Pablo se resiste en verla como fin total y absoluto. Para el reduccionismo existencial, la eternidad es la nada misma, mostrando claramente la ausencia del entendimiento de la realidad espiritual y trascendente. Claramente Pablo, no ve la muerte como un hecho definitorio, sino como un paso. Primeramente su teología de la vida después de la muerte descansa en la misma promesas de Jesús, que murió y resucitó conforme a la Escrituras. La muerte es un misterio que ha sido conquistado por Cristo mismo. No sabemos como es la existencia mas allá del umbral, pero de lo que si sabemos con absoluta certeza, es que dicha existencia es real y la muerte sólo es un previo y fugaz instante.

Cuando Pablo manifiesta que se acerca la hora de su muerte, no quiere dar la impresión de que él sea un ser para una muerte inevitable. Sus palabras no deben ser interpretadas como apesadumbradas o timoratas. Su muerte es un evento de transición, que lo estará direccionando a un encuentro con la existencia total y perfecta en Cristo. La muerte no es absurda ni sin sentido, ya que el verdadero sentido de ella ha sido revelado por el verdadero sentido de la muerte de Cristo: Cristo murio y resucito para que tengamos vida eterna en él (Juan 3:16). La muerte es cerra nuestros ojos a la vida presente, y es abrirlos a la existencia auténtica en Cristo; en esto está nuestra esperanza y nuestra ganancia (Filipenses 1:21).

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License

Marco A. Huerta. Hay autorización para usar este documento o citar partes de interés en cualquier formato. Se pide mencionar siempre al autor y la fuente. No alterar el contenido. Cualquier otro uso consulte a marcohuertav@gmail.com