La masculinidad, entendida como una dimensión existencial y una manifestación concreta del ser humano varón, ha sido progresivamente devaluada, reducida a una serie de estereotipos peyorativos y fijada como símbolo de estructuras históricas de opresión. Reconozco, sin evasión, las deudas morales y sociales que han acompañado a ciertas expresiones del poder masculino, las cuales han contribuido a la consolidación de sistemas patriarcales injustos. No obstante, resulta intelectualmente insostenible universalizar dicha crítica, como si todo varón, en todo tiempo y lugar, fuese su agente directo o cómplice silencioso. La historia también testimonia la presencia de hombres que, conscientes del valor intrínseco del otro, han resistido los abusos del poder, comprometiéndose activamente en la construcción de sociedades más justas, equitativas y solidarias.
En el presente, muchos varones nos reconocemos en la orilla opuesta de los relatos históricos marcados por la violencia, la indiferencia o el poder desmedido, y abrazamos conscientemente una ética orientada por la justicia, el amor y la dignidad del otro. Nos sentimos llamados a encarnar una masculinidad visible y testimonial, capaz de ofrecer a las nuevas generaciones una forma renovada y esperanzadora de imaginar lo masculino. En este camino, la fe no es un simple adorno moral, sino una experiencia profundamente transformadora. En Cristo, todo varón es llamado a ser redimido y conducido hacia una vida más íntegra y significativa. Desde esa redención, los hombres de fe estamos capacitados para vivir una masculinidad iluminada por el Evangelio: una masculinidad en la que la ternura y la firmeza, la verdad y el amor, la determinación y la sensibilidad no se excluyen, sino que convergen armónicamente como expresión madura del hombre nuevo.
En Cristo nuestra masculinidad caída ha sido redimida, recuperando en esta conquista divina una noción superior de la virtud (Gálatas 5:22-23). Aquí, la virtud nace de la gracia transformadora del Espíritu Santo, que nos aleja de los maquillajes del supuesto varón dominador, intoxicado de orgullo y de una supuesta superioridad. Más bien, hallamos nuevas formas de ser masculino, teniendo la templanza, la sabiduría y la ternura sus mayores fortalezas.
Asimismo, en Cristo redescubrimos la visión más elevada del otro. El varón redimido deja de ver a las personas como medios para su beneficio o placer, y comienza a reconocer en ellas la dignidad que procede de Dios. Su esposa y sus hijos ya no son instrumentos de su orgullo ni extensiones de su ego, sino prójimos sagrados a quienes ha sido llamado a amar y servir. En esa alteridad, el hombre encuentra su vocación más noble: ser presencia de cuidado, fuente de seguridad y testimonio de fidelidad. Allí, el servicio deja de ser una carga para convertirse en una forma gloriosa de amor.
El varón en Cristo descubre una forma renovada y más auténtica de valorarse. Si bien los logros, los bienes y la provisión material tienen su lugar, sin embargo, reconoce que la riqueza más anhelada por su familia no está en lo que posee, sino en lo que es: en la nobleza de su carácter y la ternura de sus afectos. Una casa puede ofrecer abrigo, pero es el corazón del varón el que puede convertirse en verdadero hogar para los sentimientos de su esposa e hijos. El alimento en la mesa sostiene el cuerpo, pero el alimento emocional, hecho de palabras, gestos y presencia amorosa, nutre el alma y edifica vínculos que perduran.
El varón redimido por Cristo es liberado de la idolatría del éxito y de la falsa omnipotencia de la fuerza. Comprende que reconocer el dolor, el miedo o la fragilidad no es signo de debilidad, sino expresión de profunda honestidad y madurez espiritual. La masculinidad redimida no disimula su quebranto ni oculta su necesidad de ser escuchada y comprendida; al contrario, la asume como parte del peregrinaje hacia la humildad y la verdad interior. En esta senda, descubrimos la belleza del Evangelio encarnada en nuestra masculinidad, y aprendemos a vivir en libertad genuina. Nuestras familias no anhelan perfección, sino cercanía, ternura y hombres dispuestos a amar desde la humildad. Vivamos, entonces, una masculinidad redimida: no como una imposición cultural ni como repetición ciega de los moldes heredados, sino como una vocación hacia la plenitud, el servicio y el amor auténtico.

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Marco A. Huerta. Hay autorización para usar este documento o citar partes de interés en cualquier formato. Se pide mencionar siempre al autor y la fuente. No alterar el contenido. Cualquier otro uso consulte a marcohuertav@gmail.com